20 may. 2011

'Jesús en los Infiernos' de Andreu Martín es todo menos convencional

“Jesús en los infiernos”
Andreu Martín
Flamma editorial, 2011
Por José Vaccaro Ruiz

Al igual que hace dos mil años Cristo abandonaba Nazaret iniciando un camino que le llevaría a ser traicionado, prendido, azotado y crucificado entre dos ladrones en el Monte del Calvario, Jesús, el protagonista de la novela, deja Senillás, un rincón plácido, alegre y confiado de la Cataluña profunda, para hacer un viaje a los círculos más profundos del Infierno descrito por Dante. Allí donde el crimen, el odio y la violencia tienen su asiento, y las reglas de juego solo atienden al dinero, el engaño y la muerte.
Andreu Martín describe, con frases cortas, directas y carentes de retórica, ese viaje a lo más oscuro del ser humano con personajes depredadores moviéndose por escenarios de tinieblas donde la cobardía, el engaño y la doblez tienen su asiento. Desde policías corruptos, putas, sicarios o camellos, la fauna marginal de alimañas que vive y convive al otro lado de la línea roja, allí donde habitan los demonios, campa a sus anchas, fagocitando a cualquier panoli o rural, como puede ser Jesús o su cuñado Pedro, que caiga en su órbita, soltándolo cuando ya lo ha utilizado, no puede libar más sangre de su yugular, sacar un céntimo de su bolsillo porque está vacío. O simplemente porque es un cadáver.

          La Barcelona preolímpica, no demasiado distinta de la actual, aparece en la novela carente del new look de los hoteles de cinco estrellas o los restaurantes de cuarenta tendores que figuran en el catálogo de los cruceros que, de manera tangencial, tocan su puerto. En Jesús en los Infiernos lo que hay son cloacas, sórdidos callejones, puticlubs literalmente de mierda, timbas ilegales donde es mejor perder a que te maten. Andreu Martín, perfecto conocedor de ese submundo, disecciona tales lugares en carne viva, al igual que nos presenta la anatomía más purulenta de la galería de personales que los recorren transversalmente, como se dice ahora. Sin querer ni poder salir de ellos, encerrados en una espiral sin retorno y sin redención posibles, como los gorrinos que en la pocilga solo están atentos a tarascar y refocilarse en sus propios excrementos, sin saber cuando un chute más cortado de lo normal o el cuchillo del carnicero que les echa la comida que a él le sobra pondrá fin al husmear de su hocico. Personajes como el Vicio, la Bugui, el Gabacho, descritos con perfiles nítidos, diríase que literariamente perfectos, son verdaderos arquetipos de la novela negra en su estado más puro e infernal. Jesús, a su lado, es el julai que puede saber mucho de empaltar o sulfatar cepas, pero nada o muy poco de los siete pecados capitales que campan a sus anchas por esa Barcelona de imbornal.

          Paso a paso la narración avanza en un crescendo de hechos que contienen, a su vez, el germen y origen de los que vendrán a continuación, en una realimentación de la trama que no decae ni un momento, todo dentro de una lógica ensimismada que está a millones de kilómetros de lo que cabe entender como ortodoxia convencional. Porque Jesús en los Infiernos es todo menos eso, convencional. Su escenario es un casino de apuestas donde dos más dos pueden ser diez o cero, según quien reparte y recibe las cartas, y una pareja puede ganar a una escalera de color porque el ganador y el perdedor –eso lo aprende enseguida Jesús, su protagonista-, están predeterminados.

          Como toda novela que se precie, la de Andreu Martín tiene un final insospechado, un desenlace en donde el autor levanta, por fin, el velo de la intriga y nos muestra la retícula de intereses, odios y ambición que pieza a pieza ha ido insinuando y entrelazando en cada diálogo, en cada quiebro de la historia. Es, ese final, la clave de la bóveda, la llave, que contiene la última de las maldades, aquella que manipula, la que es indiferente a la verdad o la mentira y tiene en el dinero su objetivo único. La que torciendo o comprando voluntades busca solamente el dominio sobre los demás, la ponzoña propia del último y más profundo de los círculos del Infierno. La maldad del Poder.

          Dejo en el aire la incógnita de si Jesús (el Payés) es capaz, finalmente, de regresar desde los Infiernos a su Senillás de origen, y si es que lo logra, cuánto de sí mismo, de su inocencia inicial, ha perdido en ese viaje, el precio que ha tenido que pagar como rescate a las fuerzas del mal en forma de mentira, miedo y renuncia. Porque, al igual que Dante, nadie puede esperar regresar de los Infiernos igual a como entró, incólume, sin haber perdido esa media libra de carne que Antonio, el personaje de El mercader de Venecia, ha dejado como prenda a Shylock.

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