26 may. 2011

Humo en la chimenea

José Luis Alvite
Esta vez la Feria del Libro de Madrid me encuentra relajado y con espíritu de colaboración. Sin dejar de ser con frecuencia errático e imprevisible, me he dado cuenta de que el afecto que me tienen los lectores merece que corresponda con el mínimo esfuerzo de dedicarles una frase y mi firma, como en anteriores ocasiones, sólo que ahora siendo consciente de que entre mi mano de escribir y sus ojos de leer se ha establecido a lo largo de los años una relación que va más allá de lo simplemente circunstancial y excede sin duda del simple cumplido. Muchos colegas son reacios al contacto estrecho con el público y prefieren la distancia, ignorantes sin duda de que la verdadera talla de un hombre la da su sencillez, no el pedestal al que se aúpa. Además de darme cuenta de eso, he comprendido que mi editor no es en absoluto mi enemigo y que  arriesga su dinero en una empresa en la que a veces el éxito consiste sólo en conseguir que por culpa de las deudas no le embarguen súbitamente la edición de un libro que sale al mercado como resultado de un esfuerzo y con la remota esperanza de que no lo lea únicamente el olvido. Alejandro Diéguez, que es mi editor, sabe bien de mi inconstancia porque la ha sufrido con un estoicismo que nunca sabré agradecerle. Como editor y como amigo saca ahora de la imprenta el título «Humo en la recámara», una colección de textos sobre historias del Savoy publicados en LA RAZÓN, y yo estaré mañana y el sábado en El Retiro madrileño para firmar ejemplares porque lo merecen él y mis lectores. Y también, lo reconozco, porque me he encariñado con toda esa gente con la que me escribo en Facebook y a la que le debo la suerte de que me prodiguen su afecto sin preguntarse siquiera quién soy y sacudiéndose el bolsillo en la apuesta por un libro que si no les gusta sólo les va a servir para el lamento por haber quebrantado su economía y para convertirlo sin en el menor remordimiento en leña para que las llamas hagan fumadas frases de bruma que se esfumen sin apenas repercusión por el tiro de la chimenea. Soy sincero si reitero que me importan poco  las rentas económicas de mi trabajo literario. Y no lo digo por soberbia, ni porque sea rico, sino, lisa y llanamente, porque mi verdadera aspiración en el asunto de escribir ha sido siempre la de alimentar la esperanza de que a mi muerte no se presente un jodido acreedor con una orden para embargarles a los míos mi recuerdo, su dolor y mi cadáver.

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