Dicen las puristas del género que una buena novela romántica es una más de tus amigas: no te escucha pero habla de ti, te hace reír y te permite olvidar lo duro que es seguir siendo la princesa de tu propio cuento. Basta pensar en el recuento de calorías diario de Bridget Jones (o en su obsesión con un tal Darcy, clarísimo homenaje a otra reina del género hecha clásico: Jane Austen) para darse cuenta de que no andan desencaminadas.
Pero, ¿en qué punto se encuentra el género hoy? A juzgar por los datos (supone el 7% del total del mercado editorial y es el género más vendido en Estados Unidos y Canadá), aguanta el pulso de la crisis, aunque lo hace, eso sí, a escondidas. "No creo que dé vergüenza comprar una novela romántica, si se compra más por internet o directamente vía descarga para 'e-book' es porque las lectoras de novela romántica compran compulsivamente y van a lo que les resulta más barato", dice Esther Escoriza, editora de Esencia, sello especializado en lo que se entiende como el género en su sentido más puro. Porque sí, la novela romántica existe desde que existen los cuentos populares y, ciñéndonos al papel impreso, desde 1740, año en que se publicó 'Pamela o la virtud recompensada', de Samuel Richardson, el antecedente más directo de los alocados diarios de Bridget Jones; pero son muchas y muy variadas las mutaciones que ha sufrido a lo largo de los años. La exposición 'La novela romántica' que acoge hasta el 18 de febrero la Biblioteca Central de Cornellà reconstruye la historia del género que inauguró, a su manera, Richardson, con una suerte de diario personal de una chica (Pamela Andrews) que pretende ligarse al hijo de su jefe (es la criada una familia extremadamente rica) y lo acaba consiguiendo, y que explotó en los 90 con la penúltima de sus mutaciones: la 'chick lit', esto es, novelas protagonizadas por rubias millonarias y, por qué no, periodistas (como la Carrie Bradshaw de 'Sexo en Nueva York'), o abogadas, o jefas de prensa con complejos (como la citada Bridget).

Precisamente, uno de los componentes claves de la novela romántica es que a lo largo de la historia ha sido un reflejo social de la época en la que se escribía. En las primeras (pensemos en el siglo XIX y en clásicos, como 'Orgullo y prejuicio', de Jane Austen, que, por cierto, nunca se casó pero sí vivió una historia similar a la de Elizabeth Bennet, la protagonista de esta novela), las chicas se mostraban totalmente sumisas respecto a su situación (sólo buscaban las salidas posibles, el acuerdo prenupcial, ese tipo de cosas); en las de finales del siglo XX (pensemos en Danielle Steel y Victoria Holt), aparecen los primeros divorcios y los primeros rincones oscuros de las aparentemente perfectas historias de amor; y en las del siglo XXI, las protagonistas tienen trabajos estupendos que llenan sus neveras y sus armarios, y exigen mucho más a sus pretendientes a príncipe azul.

Fuente: elmundo.es
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