10 ago. 2010

El artículo perfecto

por JAVIER CERCAS PALOS DE CIEGO

NO falla: al empezar las vacaciones de cada verano dedico un rato a limpiar mi despacho de recortes de periódico y esbozos de artículos no escritos durante el año, pero nunca termino de hacerlo sin sentir una punzada de melancolía provocada por la sospecha venenosa de que enterrado entre esa hojarasca se halla el germen del artículo perfecto, el artículo que he estado intentando escribir desde que empecé a escribir artículos. El verano pasado combatí la melancolía enumerando en un artículo unos pocos artículos no escritos el año pasado; a continuación añado unos pocos no escritos este año, y además me comprometo a repetir el experimento cada verano, con la esperanza de que alguien me vengue y escriba alguna vez con estos materiales de deshecho el artículo perfecto.


El artículo que más lamento no haber escrito es un artículo sobre el género literario más difícil, que es la oración fúnebre. Este artículo hubiera partido de la oración por las víctimas de la guerra del Peloponeso pronunciada por Pericles (según Tucídides en Historia de la guerra del Peloponeso), hubiera seguido con la oración por César pronunciada por Marco Antonio (según Shakespeare en Julio César) y hubiera llegado hasta la oración por Steve Buscemi pronunciada por John Goodman (según los hermanos Coen en El gran Lebowsky), que termina con Goodman y Jeff Bridges cubiertos de arriba abajo por las cenizas del amigo muerto; pero en realidad todo el artículo hubiera sido solo una excusa para traducir un poema de Charles Simic publicado en The Paris Review, que dice así: “Nuestro difunto amigo detestaba los cielos azules, / los predicadores que citan la Biblia, / los políticos que besan a los niños, / las mujeres que son todo dulzura. // Le gustaban los borrachos en la iglesia, / los nudistas jugando a voleibol, / los perros perdidos haciendo amigos, / los pájaros cantando al buen tiempo mientras defecan”.

Por supuesto me hubiera gustado mucho escribir un artículo sobre dos de los grandes, muertos este año con escasas semanas de diferencia: Eric Rohmer y J. D. Salinger; aunque es muy posible que hubiera aprovechado el homenaje a Salinger para abominar de la fascinación que produce el escritor oculto, solo explicable entre exhibicionistas compulsivos: es evidente que la ocultación a cal y canto es una forma inversa de exhibicionismo, y cabe imaginar sin demasiada ironía que Salinger no se retirara del mundo por humildad sino por soberbia: porque no soportaba que The New York Times no le dedicase a diario su portada. Claro que, puestos a hablar de exhibicionismo y de escritores, me hubiera encantado salir valerosamente en defensa de Katie Price, modelo, diseñadora de moda y protagonista de su propio reality show, conocida como la Belén Esteban británica, quien, al ser preguntada durante la promoción de su horripilante novela Sapphire por el escritor a quien le gustaría parecerse, contestó: “A ninguno. Yo no leo. La mayoría de los escritores son seres apolillados, polvorientos, insufribles, estirados y amargados”. Me hubiera gustado asimismo escribir un artículo hobbesiano sobre unas notables declaraciones de Enric Sala, biólogo elegido en el Foro de Davos como nuevo líder global, según las cuales no somos los hombres quienes tenemos que estar preocupados por la agresividad de los tiburones sino los tiburones quienes tienen que estar preocupados por la agresividad de los hombres, y un artículo nietzscheano sobre George Best, farrero legendario, legendario extremo zurdo del Manchester y autor de una frase por cuyo copyright no vacilaría en vender mi madre a una red rumana de trata de blancas: “En mi vida me he gastado enormes cantidades de dinero en alcohol, drogas y mujeres; el resto lo he despilfarrado”. Y no me explico cómo no he escrito un artículo comentando un informe de la policía en el que se describen las excusas que cada vez con más frecuencia dan los tarados de la kale borroka para no integrarse en ETA, a juzgar por las cuales ETA no va a morir de lo que murieron los GRAPO, sino de la peor muerte posible: va a morir de ridículo.

Pero, como a todo el mundo, a mí lo que más me hubiese gustado escribir son artículos apologéticos. Ejemplos: un elogio épico de Rafa Nadal escrito en octavas reales; un elogio indiscriminado de los libros de Luis Magrinyà, gran escritor friki; un elogio razonado de Tiempo de vida, el soberbio libro de Marcos Giralt sobre su padre, y de la Autobiografía sin vida de Félix de Azúa, el artefacto más provocador y radical que he leído este año; un elogio salvaje de los últimos libros de Coetzee e Ishiguro (Verano y Nocturnos), así como de Resacón en Las Vegas, para mi gusto la comedia de la temporada, y de los cómics de Miguel Brieva, que me han devuelto el placer de leer historietas; un elogio francamente desmesurado de la denostada foto de Cristóbal Manuel en la que el pitón inverosímil de un toro brota de la boca de Julio Aparicio, que es una de las mejores fotos que he visto en mi vida; y el último elogio, último porque se me acaba de ocurrir: un elogio del artículo perfecto, ese artículo que quizá ya se ha escrito o se escribirá y que –ahora se me ocurre quizá solo puede escribirse cuando se deja de perseguir como un idiota el artículo perfecto.

El País

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